La noche con su helada despertó la ilusión,
sucumbió los temores,los dejo enredados en la neblina,
derrotados en la espesura,
el viento frío los desvió
a la umbría nocturna.
La decisión estaba,
mas las palabras no llegaban,
el deseo hasta su aliento
había marchitado;
lo recordó unos momentos,
el calor se apoderó de su alma,
cerró sus ojos y los versos
se escribieron con confianza...
Alina no supo en qué momento las tardes de septiembre se habían convertido en la redención de sus días; no encontraba el instante exacto en que se vio envuelta de caricias ilusorias, de pasos no caminados, de conmociones inexplicables sobre su piel. Quiso creer, que era una mala jugada de ficciones primaverales, sin embargo avanzaban los días y su pulsar seguía tan presente en el otoño e invierno de sus sensaciones.
Lo enfrentó en afonía,
sabía la complejidad que la cubría.
Inocente creyó encontrar una salida,
entregarse lejanamente a tu dulce armonía,
disfrutar desde la sinceridad,
lo que se siente amar en otra realidad.
Conocer por primera vez
la sublimidad oculta de nuestros cuerpos,
comprender la hermosura,
maravillosamente,
para mirarte sin importar los géneros,
y caer una y otra vez
a favor de tus deseos.
Manuel resonaba fuerte en su pensar, éstas seis letras se habían convertido en una melodía constante en el divagar de Alina; se veía tarareando contenta al andar, provocando sonrisas al despertar. Hacía su recorrido rutinario y alguna que otra imagen se aparecía en su imaginación y cada trayecto se tornaba distinto con esta oblicuidad.
Cambios rotundos acariciaban su vida, oscilaciones de emociones se volvían latentes en los peldaños de sus diecinueve.
Donde sea que esté, no estoy;
has robado mi presencia
y justicia no quiere mi ausencia;
si me obliga el mundo correcto,
entonces
a alejarme,
que disculpen mi imprudencia,
pero si sentir así
significa sufrir,
por el aluvión de tu amor ,naufragio
palpitando sin fin.
Ensamblada peligrosamente a tus ojos,
consumida completamente por el reflejo,
enviciada fantásticamente por tus labios
suaves,
imaginando fugazmente tu pelo largo sobre mi rostro
rendido;
evadiendo ingenuamente las realidades,
pero ¡basta!,
mucho tiempo el silencio fue mi compañero,
ahora te digo, Manuel, que prefiero
el ruido,
la bulla,
los aullidos,
y transformarlos
sabrosamente en bellos murmullos,
en erizantes susurros de mi boca tímida,
y,
Gritar,
gritar con fuerza,
y que ya no sea mi voz,
la que se escuche,
sino mi latir el que resuene
en las alturas,
como el eco en las montañas.
TE AMO!
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